Ideas sobre México

México, país rico y dinámico, lleno de esperanza y de un patrimonio cultural extraordinario, tanto prehispánico como posthispánico, lucha por encontrar su lugar en un mundo globalizado. Desde la distancia, la nostalgia llega fácil. Hoy quiero compartir tres ideas que llevan meses rondándome la cabeza. La primera: la importancia de la diversidad y la aceptación en la sociedad mexicana. Luego, la neutralidad internacional tradicional e histórica de México. Por último, algunas reflexiones sobre la violencia en México.

16.06.2026
Ideas sobre México

Desde la distancia, la nostalgia llega fácil. Hoy quiero compartir tres ideas que llevan meses rondándome la cabeza. La primera: la importancia de la diversidad y la aceptación en la sociedad mexicana. Luego, la neutralidad internacional tradicional e histórica de México. Por último, algunas reflexiones sobre la violencia en México.

Comenzamos con la importancia de aceptar la diferencia. Para mí, la historia parte de mi propia comprensión del contexto social en que crecí. Desde temprana edad tuve la oportunidad de estudiar en un colegio bilingüe, para cierta decepción de mi padre, quien siempre quiso que yo fuera más francófilo que anglófilo. Dicho sea de paso: tanto mi madre como mi padre han sido siempre admiradores convencidos de Francia y su cultura. De ellos heredé el gusto por cuestionarlo todo y por alzar la voz cuando algo no me parece bien. Sin embargo, mi educación anglosajona me dio las herramientas para comprender los complejos marcos institucionales construidos tras los acuerdos de Bretton Woods.

México, país rico, país dinámico, lleno de esperanza y dotado sobre todo de una enorme diversidad cultural, tanto prehispánica como posthispánica, lucha por encontrar su lugar en un mundo globalizado. Si bien somos económicamente uno de los 20 países más exitosos del mundo, México padece una fascinación por lo extranjero al tiempo que desconfía de su principal socio y quizá del motor más poderoso del desarrollo económico del país en las últimas décadas: Estados Unidos. Sé que reconocerle su peso pleno a la integración económica norteamericana es una posición controvertida, pero negarla no nos ayuda a entender dónde estamos ni a aprovechar las herramientas que tenemos a nuestra disposición.

La diversidad cultural de México contrasta de forma notable con su pobreza económica. El país sufre una pobreza profunda, más allá de la medida unidimensional de vivir con una cantidad fija de dinero al día. Económicamente somos, en lo fundamental, fabricantes de automóviles, y ahora producimos algunos vehículos eléctricos para los consumidores más adinerados del mundo, sin mayor reflexión sobre el papel que los hidrocarburos juegan en la matriz energética desde el punto de vista de la equidad. Dicho de otro modo, el país es culturalmente rico pero económicamente poco diversificado: somos, en términos generales, monoexportadores. A eso se suma que México carece de un sueño galvanizador, de una aspiración hacia un futuro distinto. Ese sueño se ha reducido a simplemente esperar que quienes nos gobiernan dejen de abusar del país. No es una aspiración trivial, pero sí mediocre para un país tan rico, diverso y próspero como el nuestro.

En el plano internacional, poseemos una capacidad extraordinaria para el diálogo global, explicada en gran parte por nuestra necesidad de afirmarnos frente a nuestro poderoso vecino. Sin embargo, el país no termina de asumir las responsabilidades propias de una potencia media. No tenemos una visión estratégica global de lo que queremos impulsar. El presidente AMLO quizá tenga razón en que primero necesitamos claridad sobre lo que queremos en casa antes de poder proyectarlo hacia afuera. Aun así, nuestra neutralidad ante tantos abusos globales solo puede explicarse por nuestra histórica falta de independencia y la constante intervención de potencias imperiales, agravada por la más reciente "democracia" de al lado. Sé que algunos estarán en desacuerdo, pero he escuchado este mismo razonamiento repetido decenas de veces entre decenas de diplomáticos. Cuando escucho a diplomáticos latinoamericanos hablar de México, pareciera que reproducen el mismo pensamiento que nosotros en México aplicamos a Estados Unidos. Tomar partido es difícil; está tejido en nuestra historia. Habría que ignorar el siglo XIX por completo, aunque me pregunto: ¿es sensato seguir configurando nuestra política exterior en torno a visiones de hace más de 150 años? No lo creo.

Por último, agradezco no haber vivido nunca un conflicto armado. Aunque México es frecuentemente descrito como el país más violento del mundo, encuentro esa caracterización discutible. No vivimos bajo bombardeos aéreos ni enfrentamos cadenas de suministro de alimentos cortadas. A pesar de que la muerte acecha nuestras ciudades, hay todavía lugares dentro del país que no han caído por completo bajo el control del crimen organizado. Sí, este representa un Estado paralelo dentro de México, pero seguimos luchando por recuperar el estado de derecho.

He escuchado de refugiados sirios y ucranianos sobre las tragedias que soportan tan solo para sobrevivir. La migración reportada en un periódico es una estadística, una abstracción, no una vida humana. Haber perdido a las personas que amas, más que cualquier posesión, por un conflicto entre quienes buscan controlar a otros, transforma la manera en que esa gente ve el mundo y lo que valora. Me resulta muy difícil construir cualquier marco mental que defienda la invasión de países y las intervenciones que destruyen comunidades. Escucho a muchos que creen que es necesario pelear para cambiar las cosas, y que la sangre derramada forma parte de un proceso de transformación. Otros me dicen que es preferible rendirse y ser sometido antes que perder a las personas que amas. Ambas posiciones tienen sus complejidades; al final, en cualquiera de los dos lados, el sufrimiento humano está presente.

En México me parece que las tres dinámicas se desarrollan al mismo tiempo. Estamos inmersos en una disputa sobre la diversidad, y la polarización no es producto de una sola persona sino de una sociedad que no ha podido tender puentes entre sus diferencias y encontrar lo que tiene en común. Un país cuya política exterior también revela la brecha entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. Me recuerda una frase de mi mentor Sam Pitroda: "Vivimos en el siglo XXI con instituciones del siglo XIX". Con el paso del tiempo, entiendo que mi país necesita comprometerse con un nuevo sueño, una aspiración honesta sobre quiénes somos y qué queremos. Para llegar ahí, habrá que desprenderse del residuo de un mundo caduco y resentido.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es el principal reto económico de México según este análisis?

A pesar de figurar entre las 20 economías más grandes del mundo, México padece una falta de diversificación. El país funciona principalmente como monoexportador, en gran medida de automóviles, sin aprovechar sus extraordinarios recursos culturales y naturales en una actividad económica más amplia.

¿Por qué el autor cuestiona la neutralidad tradicional de la política exterior mexicana?

El autor sostiene que la neutralidad de México ante los abusos globales tiene raíces en las experiencias de intervención imperial del siglo XIX. Se pregunta si ese marco de más de 150 años sigue siendo una guía adecuada para un país que hoy carga con responsabilidades de potencia media.

¿Cómo compara el autor la violencia en México con los conflictos armados en otros lugares?

Si bien reconoce que el crimen organizado opera como un Estado paralelo en algunos territorios, el autor distingue la situación mexicana de un conflicto armado convencional. No hay bombardeos aéreos ni una interrupción sistemática de las cadenas de suministro alimentario, aunque la inseguridad sigue siendo grave en muchas ciudades.

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