Prosperidad Urbana
La prosperidad económica es necesaria, pero insuficiente para el éxito de cualquier ciudad.

La incertidumbre es una constante en la existencia humana. Nunca debemos olvidar que la vida en el universo es en sí misma un accidente dentro del arco completo de la historia 'universal'. Quizás igual de accidental es la formación de esos fértiles núcleos de vida, como los arrecifes de coral, y aún más notable es la creación de la ciudad: nacida de la necesidad humana de compartir el aislamiento existencial que cada uno de nosotros carga. La ciudad es la expresión tácita de nuestra necesidad de encontrar a otros con quienes compartir la existencia, de transmitir nuestras alegrías y tristezas, y, sobre todo, de prosperar.
Cualquier concepto puede hacerse tan complejo como se desee, aunque cuanto más simple sea el encuadre, más plausible resulta la explicación. La prosperidad urbana, tal como se entiende aquí, tiene tres dimensiones: primera, un lugar propicio para la existencia de medios de vida; segunda, un lugar donde ese entorno resulte genuinamente atractivo para la experiencia humana; y tercera (posiblemente la más compleja), un espacio donde la calidad de la existencia sea tal que permita a los seres humanos disfrutar de sus vidas, en la medida en que sus circunstancias lo permitan.
En los muchos debates que he sostenido sobre el significado de la urbanidad, he defendido consistentemente una definición social: la ciudad como espacio de alta densidad de interacción humana, expresada a través de disposiciones tanto físicas como intangibles. Esa visión se nutre de la tradición foucaultiana de los artefactos comunicativos, que explica cómo los símbolos y posicionamientos redirigen el curso de las decisiones colectivas. Mi posición ha sido cuestionada repetidamente por quienes se dedican al urbanismo de piedra (una sensibilidad cuasi Cretácico-Paleogénica) que ve la ciudad como nada más allá de lo físico. Mi propia inclinación a reinterpretar la comprensión humana apunta en dirección contraria, hacia lo que yace más allá de lo físicamente evidente: las figurillas de Venus y su simbolismo de fertilidad, los enterramientos ceremoniales, y más. No puedo reducir mi comprensión de las ciudades a la pobreza de la cuadrícula urbana y su representación reduccionista de lo que la vida humana realmente implica.
La prosperidad urbana depende, en su fundamento, de un elemento que ha sido subvalorado durante décadas: el Estado. Fiel a la tradición veneciana del arte de gobernar, resistente al misticismo que capturan las entidades atípicas, el Estado se consolida como la forma primaria de protección, el mecanismo primario para generar acuerdos y, sobre todo, el creador de condiciones estéticas y aspiracionales para la vida. Esta invención humana ha habilitado una enorme capacidad para que las personas satisfagan sus necesidades básicas, deseen vidas de experiencia plena y feliz, y produzcan imaginarios lo suficientemente robustos como para inspirar generaciones.
El COVID y la realidad que trajo consigo es un fiel testimonio de la fragilidad de la existencia humana, no solo en términos individuales sino (y aquí reside la tragedia) en términos de nuestra existencia social también. Con frecuencia leo y escucho voces que proclaman el fin de la urbanidad, el fin de la convivencia humana, el fin de la esencia misma de lo que los seres humanos desean en todo momento. Me niego a adherirme a tan desafortunada posición. Más que nunca, los mayores esfuerzos colectivos de la humanidad están dando frutos, y ello se debe al andamiaje que llamamos Ciudades.
Dos piezas extraordinarias de evidencia destacan: por un lado, el esfuerzo global para defender la vida humana de nuestro propio desprecio hacia el medio ambiente; por el otro, la vindicación implícita de la academia y el Estado como la mejor defensa de la humanidad.
La cooperación internacional que hemos presenciado nunca habría sido posible sin las ciudades, donde se comparten tratamientos efectivos (e inefectivos), insumos médicos, equipos, métodos de diagnóstico, metodologías analíticas y casos de estudio emblemáticos. Las ciudades y nuestros canales multilaterales de comunicación generaron una red global ultraconectada a través de nuestras Cancillerías, que trabajaron conjuntamente para encontrar soluciones que solo son explicables por la existencia de espacios comunes de encuentro, espacios posibilitados por pactos forjados en las Ciudades.
Vale la pena recordar que la batalla por defender el medio ambiente está lejos de concluir. Mientras lo que se extrae del medio ambiente valga económicamente más que el ecosistema mismo, permaneceremos en esta trayectoria. La tesis de la adaptación nos invita a creer que los recursos se redirigirán eventualmente hacia la resolución de la emergencia climática, pero pensar que la capacidad del capitalismo será suficiente para revertir el daño es ingenuo. En cierta medida, deberíamos estar agradecidos al COVID por revelar la importancia de los ecosistemas, la fragilidad de la biosfera y la enorme responsabilidad global que tenemos para enfrentarla. El planeta es lo primero. Y una forma concreta de que toda la humanidad comprenda la existencia de 'UN SOLO ECOSISTEMA INTERCONECTADO' es la propia crisis del COVID: si me protejo, protejo a los demás, y viceversa.
La academia y la investigación básica/aplicada se han convertido en el verdadero escudo de la humanidad en la batalla del planeta por la supervivencia de la especie. Cientos de miles de millones de euros, dólares y yuanes que, hasta décadas recientes, eran desestimados como 'inversión desperdiciada', demuestran ahora que estas mentes brillantes, pensadores disciplinados por el método científico, son nuestra defensa más efectiva. La academia, incomprendida durante mucho tiempo, criticada y frecuentemente ignorada, tal como lo refleja la sostenida reducción global del financiamiento a las instituciones productoras de conocimiento, hoy reclama su lugar legítimo en la sociedad.
Los esfuerzos globales para defender la vida a través de los estados y su andamiaje dejan claro que sin la academia y la investigación, no podríamos generar una trayectoria viable ni un imaginario compartido a través del cual avanzar. Ambas son necesarias e inseparables. Como diría Mazzucato: 'el mayor emprendedor del capitalismo es el Estado', y sus start-ups son 'la ciencia patrocinada públicamente'. Hoy, son lo que nos salvará.
Las ciudades, por su parte, son los espacios que generaron el andamiaje estatal, las instituciones multilaterales, las universidades de investigación y los centros de ciencia básica y aplicada, y donde, al mismo tiempo, tanto usted como yo aspiramos a vivir una vida plena y alegre.
Entendiendo la ciudad como un andamiaje de relaciones sociales, ahora fragmentado por su asesino urbano, el COVID-19, enfrentamos la mayor prueba de la resiliencia de ese anhelo humano: compartir, crear y reimaginar hacia dónde deseamos llevar el significado de nuestra existencia para las generaciones que vienen.
Preguntas frecuentes
¿Cuáles son las tres dimensiones de la prosperidad urbana?
El autor identifica tres dimensiones: primera, un lugar que habilita medios de vida; segunda, un entorno genuinamente atractivo para la experiencia humana; y tercera, un espacio donde la calidad de la existencia permite a las personas disfrutar realmente de sus vidas, en la medida en que sus circunstancias lo permitan.
¿Por qué el autor cree que el COVID-19 vindica a las ciudades en lugar de socavarlas?
Lejos de señalar el fin de la urbanidad, el COVID-19 reveló que las ciudades son el andamiaje a través del cual se vuelve posible la cooperación global. La coordinación internacional en materia de tratamientos, insumos médicos y metodologías de investigación dependió de las instituciones multilaterales y los espacios de encuentro que las ciudades posibilitan.
¿Qué papel juega el Estado en la prosperidad urbana?
El Estado se presenta como la capa fundacional de la prosperidad urbana, el mecanismo primario de protección, construcción de acuerdos y creación de condiciones aspiracionales para una buena vida. Apoyándose en Mazzucato, el ensayo concibe al Estado como el mayor emprendedor del capitalismo, siendo la ciencia financiada públicamente su producto más trascendente.